Pájaros

Decía W.H Auden que “sólo los pájaros poco melodiosos, guerreros inarticulados, necesitan un plumaje llamativo” pero no resolvía qué necesitaban los otros para sobrevivir. 

Cuando comenté en casa que mi segundo libro sería reeditado en la ed.Pájaro lo único que me preguntaron fue que qué diablos sabía yo de pájaros. Y, a pesar de la boutade, esa pregunta se me va apareciendo desde entonces, pesadillesca, hasta el punto que, a veces, me veo mirando al cielo intentando averiguar qué coño pasa ahí arriba. 

De pájaros sé poco porque nunca he sido un tipo de admirar la naturaleza. Si acaso temerla, protegerme de ella y, en demasiadas ocasiones, huir despavorido. No encuentro simbolísmo alguno, ni relación catártica con los pastos, las llanuras, las montañas y ese largo etcétera de bucólicos panoramas. 

Pájaros, sin embargo, he tenido en la cabeza siempre y ya en mi primera intentona editorial dimos (mejor dicho, Javier Arce dió) con uno de los nombres de revista más bonitos jamás inventado “The children´s book of american birds” (ed.Leteo 2005-2010). La cosa, como no podía ser de otra manera, fracasó estrepitosamente. Supongo que costaba pronunciar el nombre, para empezar, y que costaba más aún convencer a los editores de que era lo más bello que iban a hacer en sus vidas de película doblada al castellano. Es duro, vivir en Providence. 

Aún así, todo giraba en torno de los animalitos y gracias a la labor inconmensurable de su editor-chief (Alberto Torices) en cada nuevo número, los colaboradores contaban con un heterónimo del nombre latino de un ave. A veces, no sin maldad, Alberto elegía aves que casaban perfectamente con las personalidades (o el talento) de los que allí escribíamos. El pájaro bobo sería un buen ejemplo. 

También, en un verso primitivo, utilicé al cormorán como metáfora de un astronauta hinchado por culpa de las alteraciones entrópicas.  Nada sabía yo de ese ave hasta que le di a las teclas. Sonaba bien, cormorán, venía al pelo. Confieso que tuve que recurrir a Google Imágenes para darme cuenta de que no era exactamente el tipo de ave que tenía en la cabeza. Eso no fue motivo para cambiarlo pues, como me ocurre con todo, el poder de esa palabra estaba muy por encima de la verdad de esa palabra.

Me apuntan que, a eso, desde siempre, se le ha llamado dislexía. Bienvenidos. 

Y así, avanzo ahora, es probable que durante estos meses hable mucho y bien de mis pájaros. Esos que solo en mi cabeza son diamantes afilados aunque sean, realmente, las aves más feas del mundo.

Cojan sus prismáticos y preparen sus comentarios hirientes. Vamos a hablar de pájaros.