Ave del Paraíso & Garza Imperial

-¿Qué clase de pájaro eres tú? (Moonrise Kingdom, Wes Anderson 2013) 

Los músicos son lo más parecido a un pájaro que he visto en mi vida. Se mueven rápido, viajan de aquí para allá, comen de manera frugal, beben a traguitos (algunos alcohol, otros agua). También cantan, emiten esos ruiditos que emocionan ¿verdad?.

Además, en cuanto empiezas a cogerles cariño, sueltan lastre, desaparecen, se te escapan de entre las manos. Se van de gira. Se los come un gato. O la Sgae. 

Cuento esto porque acabo de estar con Ave del Paraíso (Nick Garrie) de pagar la cuenta de su hotel y de darle un abrazo ASÍ antes de verle salir volando hacia otra ciudad. Ave del Paraíso hizo ayer que mi local fuera mágico, atemporal, casi un antro parisino de 1969, revolucionario. Y eso que antes que él, Garza Imperial (Notienefans), me había dejado ya sin aliento, con sus canciones y su manera de ejecutarlas. No es por casualidad que Garza sea, a día de hoy, mi pájaro musical predilecto. 

Será por ganas de esclavizar a alguien pero siempre he querido tener a un músico (a varios, a todos) tocando en mi bar. Música en directo, 12 horas al día. Un lunes. 

Supongo que se podría hacer si uno tuviera muchísimo dinero o muchísima jeta. Y sobre todo si no viviera uno donde vive, que esa es otra, porque a ver si este ayuntamiento iba siquiera a permitir tal dislate. O a entenderlo. 

También podría uno afinar la guitarra y ponerse a dar serenatas entre café y café. Ahuyentando, sino ya, a la poca clientela que le queda. 

Si pudiera, prosigo el sueño, si tuviera ese reino infinito de monedas de oro ya estaría conformada, más o menos, la programación y los artistas. Entre ellos, como digo, estarían estos dos, porque lo de ayer, me temo, no lo volveremos a ver en mi bar de barrio así dure cien años. Que ya os digo yo que no va a durar ni 5 veranos.  
 
Me preguntaba Nick casi al despedirse que cuánto costaba el concierto de ayer. Y yo, que hablo un inglés de patio de colegio, me quedé clavado, sin saber qué contestar. Aún ahora, mirando las cifras en rojo y calculando las pérdidas, sigo sin saberlo. Nick, tío, no sé cuánto vale un concierto como el que distéis ayer. Porque yo no sé cuánto cuesta la cultura. Yo, como suele decirse, no trabajo en eso. 

Aquí en Providence es difícil calcular cuánto cuesta un evento sin patrocinadores, subvenciones o ayudas del ayuntamiento, o sin el apoyo de los concejales que en su tiempo libre ejercen de brokers. 

Puedo decir que a mí me cuesta muchísimo, cada día más y que, a la vez, cada día me cuesta menos. Porque costar solo me cuesta dinero y el dinero es algo que, como veremos en próximas entradas, no me interesa demasiado.