El esqueleto de una ardilla gentil

Empiezas por comprarte discos por sus portadas, si es un primer plano de una chica con mechas y unos labios espumosamente perfilados y el grupo va de serio. O con alguna forma geométrica, un dodecaedro estrellado si el autor va de realismo mágico. O un retrato de familia (envejecido o una imitación moderna de polaroid) si las canciones son piezas larguísimas instrumentales con algún grito expirado, aislado y mitológico. El siguiente paso es comprarte sólo aquellos libros que-hablen-de-ti. Que sientas ese pellizco doloroso pero seductor cuando lees el título: Espacio Afín, Cuerpo, No Me Hace Gracia, Mís Tíos Desconocidos, Yo (No) Quise, Bailo Fuera De Lugar. Mejor si la portada y la contraportada no son blancas ni color cartón. Cualquier otra gama de color es-más-tú. Tú eres mucho más optimista. Después sólo puedes soportar gente con perros o gatos o tortugas o iguanas o en el peor de los casos que vivan muy cerca de un parque con ardillas gentiles. Un día te cercioraste de que no puedes tener ninguna relación de alteridad con nadie que no tenga una devoción por los animales, que les hablen como se mira a un amigo, que les miren como se habla a un amigo, que tus amigos les miren y les hablen como sólo lo harían a sus madres en el útero. A partir de aquí el agua que bebes sólo es de mar. Cueces el arroz en agua de mar. Te bañas en agua de mar. Y nunca NUNCA te secas después, para que el yodo cumpla los ciclos a su aire, con un tempo libre LIBRE, sin interrupciones demoníacas. El déficit de yodo durante la infancia puede devenir en cretinismo. La fórmula de la estructura de la tiroxina no deja lugar a dudas. Todo termina cuando te vistes sólo de tonos transparentes, y se te adivina el esqueleto.