Una tumba desde un satélite

Cuanto más me gusta la vida más me gustan las tumbas. Donde las flores son más bellas. Y las tormentas. En mi oficina, la habitación que hemos decidido denominar así porque es donde tramito mis canciones y mis historias y donde pende un relámpago unisex en la puerta, tengo cuatro fotos de sendas tumbas en las paredes. A dos las miro de frente y las otras dos me respaldan. Siento su reverberación, su trémolo, su remolino y su vaho. Y percibo la trasformación de todas las tonalidades de la abrumadora vegetación, aunque sería imposible invocar ninguno de estos colores por sus nombres en la vida: azul espectral, albayalde, RYB. Plantas trepadoras. Quizá Art Déco. Alguna sociedad teosófica se ariesgaría con alguna teoría de la reencarnación. Con alguna silueta ensombrecida. A mí sólo me apetece tener mi propia tumba en mi oficina, parecida a cualquiera de estas cuatro bellísimas fosas. Y no tengo ninguna aspiración gótica -salvo el eco de The Cure o de Cocteau Twins- ni mucho menos de cine B, que me espanta. No hay rastro de colmillos de mamíferos ni de vampirismo en mi corazonada. Sólo quiero que algún satélite en órbita me detecte sumido en mi tumba de mármol blanco con las hojas de otoño de un arce palmatum tapando el nombre que decora la lápida. Que detecten el error de racord. Que escuchen cómo tarareo una canción tumbado en lo cóncavo que va de lo convexo.